Por fin. Un poco de tiempo para relajarse, aunque sea desde la Cantina de la UJI. Debería de estar en clase, pero llegué tarde por motivos personales y me vine aquí para toquetear y cotillear el mundo visto desde un portátil.
Llevo ya una hora sentado en la última mesa de toda la Cantina, escuchando conversaciones sobre Mazinger Z, concursos de cereales y cómo una madre intentaba engordar a su hija con mantequilla en la leche y, afortunadamente, he decidido volver a este blog, que lo tenía ya un poco olvidado.
Para ver como me iba la vida antes de esta actualización, he tenido que leer varias entradas. Más que nada, para reírme un rato de algunas entradas, sobre todo de las que engrandaba a gente que luego se ha empequeñecido sola, y no vean la tranquilidad que da eso. El ver que a la gente se le va la cabeza o que hace estupideces sin que tú muevas un dedo, pues le da a uno que pensar, y de ahí saco que tengo un carácter que me encanta. Esa mezcla de pasotismo y pachorra con mala leche da gusto.
Ahora, a mi 19 años, en el momento justo, y en lo mejor de mi vida, me apetece eliminar cuentas con gente que no vale la pena o que, en un momento valió, pero que se olvidan de ti en cuanto quieres hacer cosas por ti mismo o te cambian por el primero que se deja manipular.
¿Quiero transmitir algo con esta entrada? No. Simplemente me engrandezco yo sólo disfrutando de mi persona y borrando de mi vida a la gente que no vale la pena. ¿Os recomiendo esto? Sí, pero creo que hay gente que no es lo suficientemente independiente como para hacerlo. Allá ellos.